Capítulo 2. Sueños.

Capítulo 2

Sueños.

 

Mucho antes, entre prodigios celestiales que pocos ojos pudieron contemplar, siguió a un día cualquiera y sin nada de especial una noche de sueños, a un lado y a otro del Muro. En Balearia Raimon Llull soñó que una sierpe incubaba un huevo de oro  durante veinte años, pasados los cuales la cáscara de oro se agrietó y nació de él una anfisbena. Las dos cabezas de dragón de la esbelta bestia se miraban la una a la otra, quizás con desafío, quizás con complicidad, y una de ellas protegía con las fauces abiertas una espada, mientras que la otra hacía lo mismo con un bastón de mando.

También en Balearia, el joven Falcó yacía solo en el pabellón de caza. Sus ventanas se abrían al este y al oeste, sobre los bosques dormidos del ducado de Alanzell, en Mallorca. Falcó dormía de manera suave y profunda, cuando de pronto empezó a agitarse. Soñaba que un alicornio le hablaba de un mundo en  el cual el viejo continente debía ser destruido en una sola noche de fuego y terremotos, y la bella Balearia acabaría en medio de la mar, partida en varias islas.

Falcó sentía mucha confusión y congoja. El alicornio lo conducía hacia una enorme hoguera, y el sueño acababa cuando el animal y él salían al paso de una gran llamarada que los engullía. No era la primera vez que tenía aquel sueño que tanto lo angustiaba, pero siempre se despertaba sin aliento.

En Formentera, en el palacio de S’Estanyol, el señor Cárritx dormía en su famosa cámara de los sueños. El señor Cárritx tenía unos hermosos cuernos adornados con anillos de oro en las puntas, incrustaciones de nácar y filigrana de oro y piedras preciosas. Era atractivo y viril, y lo rodeaba un aura demoníaca de tenue resplandor; estaba echado en una lujosa cama con dosel, con la frente sudorosa y la respiración entrecortada, se estremecía. En la hora profunda y muerta de la noche, cuando la luna menguante se asomaba sobre las estribaciones de la montaña, el señor Cárritx de Formentera se despertó de pronto de un sueño que lo contempló con una mirada tan aterradora que lo dejó asustado y temblando de miedo.

Cárritx se incorporó, jadeando. Al alzar la cabeza vio que Jasíone, su señora hermana, estaba en pie bajo el umbral de la puerta, sosteniendo un candelabro. Su bello cuerpo temblaba bajo la sensual camisa de dormir. Ella entró en la habitación, dejó el candelabro sobre un suntuoso abatán. Su extraordinaria cabellera de rizos  escarlata reflejaba la luz de las velas y parecía un nimbo de luz rojiza. Entre sus cabellos asomaban también unos cuernos, menores que los de Cárritx, y también espléndidamente adornados, con diminutos diamantes y anillos de oro. Ella parecía asustada y se acercó a la cama. Cárritx estaba desnudo, medio cubierto por la sábana, y la miraba fijamente.

—Hermano mío, he tenido un sueño que me ha arrancado del lecho.

Cárritx le tendió la mano; Jasíone subió a la cama con él, quien la abrazó tiernamente y la besó en la frente. Ella, con los ojos muy abiertos, dejó que su cabeza descansase sobre el pecho de él, y extendió una mano hacia los magníficos bordados del cabecero de la cama, acariciándolos muy suavemente con la yema de los dedos. Los bordados representaban a varios demonios, damas y caballeros sonrientes, llevando a cabo diversas actividades lúdicas en un jardín lleno de flores y pájaros exóticos: tañían instrumentos, bailaban, empujaban alegremente a una dama en un columpio, paseaban y charlaban en grupo…

—¡Oh, Jasíone! Estás temblando. Terrible ha de ser el sueño que haga temblar a la señora de Formentera, capaz de conducir grandes ejércitos a la batalla o de enfrentarse a los mayores peligros sin que su pulso se altere.

—¡Cárritx! —dijo ella, abrazándolo con más fuerza—. Todo mi valor reside en la grandeza de los míos, y el poder de nuestra unión es mi fuerza. Mientras os tenga a ti, a Bordiol y a Adonis Adiant, nada temeré —Jasíone se apartó un poco de su hermano, lo suficiente para poder mirarlo a los ojos—.Pero por tus gritos, Cárritx, pienso que soñabas lo mismo que yo. Había una gran batalla: nuestras fuerzas contra los malditos de Parellada, ayudados por perros llegados del otro lado del Muro. Estábamos al borde de la muerte, y llegó en nuestro auxilio un jinete humano sobre un alicornio.

—Tal vez era el mismo sueño. Jasíone, he visto cómo te arrancaban el corazón. Y he visto a nuestro hermano herido de muerte sobre el suelo. 

—¡Bordiol! —exclamó ella, separándose bruscamente de él.

Jasíone saltó de la cama entre un gran revuelo de sedas y transparencias, y se dirigió corriendo hacia la puerta. Cárritx tomó una túnica abierta del cercano perchero y la siguió hasta la alcoba de Bordiol, donde entraron uno tras otro, precipitadamente. Ambos suspiraron entonces con alivio.

A través de la ventana abierta, entre las cortinas ondulantes de encaje blanco, entraban los azulados rayos de la luna, iluminando parte de una cama espléndida, sobre la que yacía el bello Bordiol, plácidamente dormido, envuelto en el leve resplandor de su aura demoníaca. Sus cabellos rubios, entre los que asomaban unos cuernos un poco más pequeños que los de Jasíone, se esparcían sobre los cojines bordados de seda y oro. Cambió ligeramente de postura, emitiendo un leve gruñido placentero, con lo que su aura se hizo un poco más intensa.

—Éste no tiene pesadillas —dijo Jasíone en voz baja, con un mohín divertido en sus labios.

Cárritx se acercó a la cama y muy suavemente barrió con la mano los rizos dorados sobre la frente de su hermano. Luego, con mucho cuidado cogió la sábana que cubría a Bordiol por una punta y la levantó, mirando debajo: elevó las cejas mientras su boca dibujaba una media sonrisa, y dijo con un leve tono de admiración:

—¡Vaya! No sé lo que está soñando, pero no cabe duda de que no es precisamente una pesadilla.

Jasíone le golpeó el dorso de la mano, obligándolo a soltar la sábana con una risita.

—¡Vamos, déjalo, demonio! No deja de ser un consuelo que al menos uno de nosotros tenga sueños felices.

El aura del joven Bordiol reverberó con intensidad, y su piel se cubrió de destellos diamantinos.

Entonces, Jasíone se acercó a la ventana, y dijo:

—Hay alguien en el jardín.

Bajo la luz de la luna había un alicornio negro que los miró fijamente cuando se asomaron a la ventana. Rasguñaba la hierba con los cascos, movía la cabeza, se alzaba de manos y piafaba con nervio. Era una criatura majestuosa, su cuerno y sus pezuñas eran de nácar rosa-azulado, y desprendían una luz estelar. Según se movía, su piel negra, igual que sus alas y las crines de su cabellera y de su cola, adquiría unos brillos metálicos, verdes, azules, violetas.  El alicornio los miró a los ojos y les habló a ambos sin palabras.

“Ha llegado la hora del fuego y las espadas”, dijo la voz de la bella bestia dentro sus cabezas, y añadió: “Los augures han visto guerra y destrucción. Pero llegará el cachorro del Taumaturgo, con amor en el corazón y  muerte en la punta de sus espadas, y sus hechos de armas serán motivo de versos y canciones”.

Y después el corcel alado, apuntando hacia la luna con su cuerno nacarado, saltó hacia el cielo con un aleteo, contra lo que le era natural, y voló hacia la luna: y por el tamaño de ésta, Cárritx supo que durante el sueño habían cruzado a Formentera Prodigiosa, lo que ocurría sólamente cuando un gran peligro activaba los poderosos encantamientos de protección con que él rodeaba su palacio de S’Estanyol. En la Zona Prodigiosa todo era más exagerado, la luna era más grande, la luz era más intensa, las flores más perfumadas, las montañas más altas, los torrentes traían más caudal, las tormentas eran más escalofriantes… y los alicornios volaban en las noches como aquella, que era un tumulto de fulgores.


 

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